Tercer Puesto- Guíala hacia la grandeza

Guíala hacia la Grandeza

Juan Hernández

 

La batalla estaba en su peor momento. Miguel había muerto días antes en cancha rayada, y yo había quedado solo en una guerra ajena para mí. No sabía que le diría a mamá si es que salía vivo de esta.

El coronel, mandó a prepararse para el avance de nuestra columna Éramos el ala izquierda del ataque. El batallón anterior había sufrido la carnicería de la carga realista. Volvían todos a los gritos ensangrentados y los cirujanos amputaban en el medio de campo. A lo lejos divise al salteño Méndez, lo traía Juan

-Es el infierno- me dijo dejando al salteño en el suelo- el Burgos atacó a bayoneta calada y el sargento ordenó el repliegue

-¿Qué le ha pasado a Méndez?- pregunté mientras lo ayudaba a vendarlo-

– No es nada grave, un tiro. Por suerte no fue tan profundo y le pude extraer la bala, pero perdió mucha sangre. Lo rescate mientras corríamos.

-Pero está muerto… ¡No reacciona!- exclame con sorpresa-

-No… solo esta inconsciente, vivirá- me dijo con una firmeza inquebrantable- Habrá que cuidarlo por unos días, no tiene que caer en neumonía porque…

-¡Todo esto es increíble!- cortándole su aplicado informe médico- Muertes y más muertes, heridos y más heridos -exclamé subiendo la voz y parándome ante él- Eso es la guerra. Miguel murió a pesar de que con su enfermedad sobrevivió el cruce de los Andes. Cruzó para morir, nada más que para eso…

-No digas eso Manuel, tú sabes…

-iNo Juan! ¡No entiendes! Dejamos a nuestra madre sola por venir a esta guerra. ¿Recuerdas cuando mi Padre murió en la defensa de Buenos Aires? ¿Y qué fue lo que obtuvimos? ¡Nada! Un padre muerto, una madre que cuidar, y un campo que sembrar.

-Pero…

-¿Sabes que Juan? Todo esto es culpa tuya. Tú le metiste esas ideas a Miguel. ¡La patria! ¡EI deber nos llama! ¡Tú querías aventuras! Yo solo los seguí porque mi padre antes de partir me pidió que cuidara de Miguel. Y ahí está, muerto culpa tuya.

-¡Batallón de infantería! ¡A la línea! ¡Formar ya!- se escuchó a lo lejos la imperante voz del coronel-

– Adiós Juan. Voy a la muerte.

Me aleje de él y lo deje solo con el medio muerto. Solo veía rosas donde no las hay. No lo comprendía ni a él, ni a mi hermano. Siempre soñando en la Patria.

Me dirigí al batallón, formaba en la tercera línea. Me ajuste la correa de la bayoneta, revise las balas y tomé mi última ración de aguardiente. Si moría quería morir bien, peleando.

El cañón tronó y esa fue nuestra señal. Bajamos la colina corriendo, todos embravecidos por el aguardiente. Íbamos a la nada, el enemigo no se veía. Nos seguía el paso la artillería. Había un silencio de muerte, solo a lo lejos explosiones de cañones. Correr para matar y morir.

Subimos la loma que nos separaba de la planicie y cayeron los primeros. Descargas de bayonetas. Allí estaba el gran Burgos aquel que tenía dieciocho batallas ganadas y ninguna perdida, allí se alzaba majestuoso.

La batalla fue dura. La caballería patriota no cesaba de atacar, pero los infantes del Burgos, eran firmes. Ordenaron calar la bayoneta, y con el apoyo de fuego de la artillería avanzamos. Fue un duelo cuerpo a cuerpo. En ella se decidía la batalla, y también aunque no lo supiéramos toda la suerte de la independencia. Mis compañeros caían y regaban con su sangre el campo de batalla. Los españoles nos rechazaban; y nosotros nos tirábamos con fiereza, inflamados de coraje, contra las bayonetas que se levantaban vigorosas buscando nuestras vidas. Logré con algunos, abrir una brecha entre las filas realistas y pudimos meternos entre ellos dividiendo sus tropas y dejándolas a merced de nuestros granaderos a caballo.

A lo lejos divisé su bandera, alta y sedienta de gloria. Me abrí paso entre las filas enemigas, ayudado por dos negros libertos que integraban la compañía. En ese momento, uno de ellos fue herido en el pecho. Pegó el alarido de un fuerte ¡viva la Patria! y siguió avanzando hasta caer desplomado en el suelo. Ese enérgico grito del negro caído, que resonó en todo el campo de batalla, me heló la sangre. Todos respondimos a voz unánime ¡Viva! Y la carga se embraveció y avanzó. El miedo se sembró entre las filas enemigas y sintieron el empuje de la fuerza patriota

El Burgos empezó a retroceder, ya se empezaba a vislumbrar el presagio. Cada vez estaba más cerca de la gloriosa bandera. Avancé y me enfrenté con el portador. Gallardo en su caballo me miró y adivinó mis intenciones. Sacó su sable de oficial y yo mis boleadoras criollas. Me enfrentó y avanzó hacia mí. Hice mi tiro experimentado y el jinete se derrumbó en tierra con su bandera. Las piernas del caballo habían sentido los lazos. Era un espectáculo digno de ver. El majestuoso animal se revolcaba en el piso aprisionando al oficial y la bandera quedó a mi merced. La tomé y la alcé gritando ¡El burgos ha caído!

En ese momento la batalla se paralizó y todas las miradas se dirigieron hacia mí. Los criollos se enardecieron y recobraron los ánimos de las fatigas. Entonces, en mi espalda, sentí el filo helado de un sable; y caí con mi vista puesta a lo lejos en un jinete que avanzaba, con una gran bandera de guerra azul y blanca, portando consigo un aire de triunfo.

La noche estaba serena. Tras un largo y doloroso sueño, desperté y logré reaccionar. Me encontraba en una carpa de campaña y a pesar de la poca luz que pasaba por la entrada, logré distinguir algunos uniformes en una silla. Me quise sentar pero un agudo dolor lo hizo imposible. Tenía todo el estomago cuidadosamente vendado. Por el silencio del lugar presumí que eran altas horas de la noche, solo grillos. De repente, una figura se perfiló afuera y entró. Esbelta con un pocho de guanaco, estribado más bien largo a la usanza gringa. Sospeché quien era y su voz me lo confirmó.

-Le hizo buen frente a la muerte amigo mío… – dijo rompiendo el silencio nocturno- Catorce días de rudo combate, luchando con la misma fiereza del hombre desconocido que se alzó en el Burgos.

– General- falseando la voz- solo levante una bandera caída…

– Guió nuestras tropas hacía los laureles- dijo fríamente- avanzamos sobre el Burgos y los arrinconamos en una vieja estancia. El triunfo fue nuestro ¿Quién diría, que uno de los hijos del gran Francisco del Castillo, repetiría una hazaña heroica, que marcaría la historia de nuestra querida Patria?

-¿Mi padre? ¿De dónde lo conoce General? – pregunté sorprendido- Yo… no lo conocí, murió en mi niñez, en las invasiones inglesas.

-Tu padre, Manuel, fue compañero de armas de mi padre. Yo crecí con las historias épicas del gran coronel Castillo, de su bravura y de su arrojo. Veo que supo dejar su legado- dijo reflejando una leve sonrisa-.

–      Pero Don José -le señalé- las guerras solo trae muertes No sirven de nada. Esa famosa cosa que causa tanto orgullo y sacrificio, la Patria- le dije con un tono despectivo- ¿Qué es eso por lo que mi padre y mi hermano dieron sus vidas?

Y colocando sus ojos en la bandera que despuntaba al alba comenzó:

-La Patria, mi amigo, es aquel don que Dios nos dio, después de Él. Por ella, se está dispuesto a vivir y morir. Es esa tierra natal en la que por providencia divina has nacido y la recibiste gratuitamente como propia, sin elección; pero a la vez, es compartida con tus compatriotas. Podrás asumirla heroicamente o negarla cobardemente, respondiendo luego a las consecuencias que esta elección implica; pero la Patria existe. Serás lo que debes ser, o no serás nada. Los muertos reclaman a los vivos y sus sacrificios no pueden ser en vano; Dios y la Patria nos demandan. Toma, amigo mío, esa bandera gloriosa hecha del manto de Nuestra generala y guíala hacia la grandeza, caminando hacia Dios.

Y así Manuel, luego de entender porque murió su padre y su hermano, descansó en paz y su sangre le sigue reclamando a los valientes.