Tercer Puesto- Tierra Fértil

Tierra fértil

Treinta años han pasado, pero el recuerdo es tan

fresco, tan reciente como si hubiera sucedido hoy

Richard Lewellyn, Cuán verde era mi valle

Estoy segura, completamente segura de que esto es lo que siempre quise, pero de todas maneras me inquieta  pensar qué sucederá, con qué me voy a encontrar. Sé que no será fácil, pero ¿será imposible como otros dicen? No lo creo. A mi parecer lo único que queda es confiar, confiar en que todo el esfuerzo que hice, para lograr estar aquí, en un tren rumbo a la Patagonia, para pasar de ser una chica de ciudad, de sólo 23 años,  rodeada de comodidades,  a una simple maestra rural, servirá. Y, claro, confiar también en que Dios me ayudará a acostumbrarme a la austera y sufrida vida que todos dicen que allí me espera.  

             Bueno, de todas maneras ya me encuentro aquí, no hay vuelta atrás.

            La cosa sucedió así: hacia fines de un mes de febrero, próximo a empezar el año escolar, me tome el tren, sin saber exactamente a donde me dirigía. Durante dos días estuve allí, observando la monotonía del paisaje, de su soledad, y su aparente tristeza, aquellos altos álamos capaces de soportar las inclemencias de ese viento que azotaba de tal modo las ventanillas de mi vagón, ese viento frio y seco del que tanto me habían hablado. El chisporrotear de la salamandra y la risa dulce de un niño hacia su madre, mientras ésta calentaba su comida al calor de aquélla, me sacaron de mis cavilaciones, devolviéndome a un ambiente familiar y acogedor.

 Finalmente, luego de ese largo viaje, llegué una mañana de otoño a aquel pueblo que tantas veces había imaginado. Para ser sincera, no era muy distinto a como lo había pensado: aquellos largos prados que parecieran nunca terminar, algunas granjas que se encuentran a larga distancia unas de otras, y un pequeño pueblo, con su iglesia, la típica plaza, la pequeña escuela y algunas modestas casas, de inconfundible estilo surero, con sus acanaladas chapas y maderas prolijamente pintadas. Pero, sobre todo, aquel incómodo silencio, sólo cortado por el característico viento patagónico, al cual  no lograba acostumbrarme. Por un momento me aterroricé. ¿Podría yo alguna vez llegar a querer este lugar tan inhóspito, o por lo menos acostumbrarme a él? ¿Llegar a sentirme en casa? Estas preguntas me atormentaban, ya que aún no sabía la respuesta. Pero enseguida me vi obligada a dejar de lado mis meditaciones, cuando vi a tres niñas acercarse. Eran muy tímidas, les pregunté sus nombres, y la más grande de ellas me respondió por todas. Luego, les pedí que me llevaran a donde estaban sus madres. Pero me dijeron que se encontraban ocupadas y que les habían dicho que ellas no se ocuparían del asunto de la maestra, que para eso se encontraba Ramón, el cura párroco. Traté de disimular mi asombro, y les pregunté dónde podría yo encontrarme con Ramón. Me señalaron la parroquia y salieron corriendo. Me dirigí a la iglesia, no sólo para saber dónde debía  instalarme y conocer el lugar donde daría clases, sino porque me intrigaba todo este asunto de las madres. ¿Sería verdad lo que las pequeñas me habían dicho? ¿Qué cosa  más  importante tienen las madres que ocuparse de la educación de sus propios hijos? No, imposible, esas niñas estaban equivocadas, seguramente malentendieron el mensaje.

            Al entrar al salón parroquial, me encontré con el cura, que estaba revisando unos papeles, y al verme entrar se sobresaltó. Como me enteraría más tarde, no era muy común en el  pueblo que la gente visitara la iglesia. Me presenté y después de darme algunas mínimas indicaciones acerca de cómo manejarme por el pueblo, me llevó a visitar la escuela y la cabaña contigua,  donde viviría durante mi estadía. Ambas eran acogedoras, pero se notaba en ellas la ausencia de vida. No sé cuánto tiempo habrán estado allí, solas, sin  nadie que las aprovechara. Fue entonces cuando me acordé de lo que me habían dicho esas niñas y le pregunté si él sabía algo de aquello. Enseguida apareció una sombra en su cara, y luego de meditar unos momentos me explicó lo que sucedía. Las chicas tenían razón, y era aún peor de lo que me podría haber imaginado. No sólo no se querían ocupar de la maestra y de la escuela, sino que no pensaban mandar a sus hijos allí. Creían que lo mejor para las niñas era quedarse en sus casas ayudando con las tareas del hogar y para los niños salir al campo a trabajar con sus padres. Con todos los prejuicios de una muchacha de ciudad, desconocedora de la vida en el campo, me quedé estupefacta al oír esto. Por un momento pensé en agarrar mis valijas y volverme a Buenos Aires, pero después me dije a mí misma: “por algo Dios me mando aquí, ésta es mi manera de contribuir un poco con mi país”. Yo, que siempre quise hacer grandes cosas, como ir de enfermera voluntaria a la guerra, o construir un gran colegio, ¿cómo podía ser que me estuviera rindiendo frente al primer obstáculo que aparecía en mi camino? Fue entonces cuando con una sonrisa miré al padre Ramón y le dije que no se preocupara, que haría cuanto estuviera en mis manos para resolver la situación. Me agradeció, pero me dijo que no me ilusionara mucho, que no sería fácil, aunque obviamente él me iba a ayudar. Me pidió, además, que yo también hiciera un esfuerzo por comprender las razones de esa gente.

            A la mañana siguiente me puse manos a la obra. Fui a la escuela, y aunque no me sorprendió no ver a nadie, me entristeció. Todos sabían que ese día empezaban las clases, y que yo ya había llegado al pueblo. Dediqué la mañana entera a recorrerlo, y a informar a la gente los horario de clases. A medida que llegaba a cada lugar, iba saludando y me iba presentando. Si bien muchos de ellos mostraron antipatía, no pocos, por el contrario, fueron de lo más simpáticos.  La panadera y su marido, me invitaron a pasar, ofreciéndome unos bizcochitos; la señora del almacén me informó un poco acerca de los vecinos; y muchos niños con los que me cruzaba chismorreaban entre ellos, lanzándome tímidas miradas.

            Por un tiempo ni un sólo niño se acercó a la escuela. No podía creer lo que me estaba pasando. Largas tardes me echaba a llorar angustiada sobre el escritorio, preguntándome cómo podía resolver esto y empezando a dudar de mi capacidad, creyendo que a lo mejor lo que estaba haciendo era completamente inútil. Finalmente resolví que visitaría las casas de los que supuestamente deberían ser mis alumnos.

            Visité muchas de ellas y poco a poco fui entendiendo, gracias a largas conversaciones que tuve con las madres, que era realmente necesario e importante que las niñas aprendieran de ellas en sus propias casas al tiempo que las ayudaban con las tareas domésticas. Y que los niños hicieran otro tanto con sus padres en el campo.  Si bien, como ya dije, en un principio no toleraba esta idea, de a poco empecé a encontrarle el sentido. Un sentido más profundo. Decidí entonces cambiar mis planes. Casa por casa, fui preguntando a las madres si algunas de ellas, o sus maridos, estaban dispuestos a enseñar algo de lo que sabían. Al principio no me entendían. Entonces empecé yo misma a distribuir las tareas. Silvia, la panadera, daría clases de cocina; la costurera, Patricia, enseñaría a las niñas a coser; Carlos, su marido, les enseñaría a los niños a fabricar alambrados, encerrar las ovejas, esquilar, y otras típicas tareas del campo patagónico. Marta, la madre de una de las tres niñas que encontré al llegar, se ocuparía de enseñar las tareas de la granja, como darle de comer a las gallinas, buscar los huevos y, por supuesto, un poco de huerta. Y me quedaría a mí, entonces, enseñarles a leer, a escribir, darles un poco de matemáticas, historia, y literatura. Y algo de cuentos clásicos. Y, por supuesto, el Martín Fierro. El tiempo libre que me quedara lo usaría para ayudar al padre Ramón con sus clases de catequesis en la parroquia. Obviamente, el horario sería de medio turno y por la tarde podrían hacer la práctica de todo esto en sus casas. De este modo podrían aprender y ayudar de una mejor manera.

                                                           …

Este fue mi proyecto en aquel perdido y olvidado pueblo de la Patagonia. Si dio sus frutos o no, no lo sé, y,  en cualquier caso, no depende de mí. Lo que sí sé, es que el tiempo pasó, y yo aún sigo aquí. Y aprendí a querer este lugar, a su gente, a sus costumbres. Todo lo que en un principio me resultaba tan hostil, terminó siendo lo más preciado para mí… y para mis hijos, y los hijos de mis hijos.