Segundo Puesto- A sable envainado y pluma quieta

A sable envainado y pluma quieta

Imaginemos simplemente un carruaje. Es un modelo para viajes largos y si lo vemos más de cerca, a través de la niebla, podemos distinguir banderas españolas.

Es una noche oscura. No hay luna ni estrellas. A lo lejos se escuchan truenos y la humedad del aire promete tormenta. Los caballos del carruaje corren nerviosos mientras que un exhausto cochero les insta a seguir adelante.

Dentro del carruaje se encuentra solo un hombre. Tiene cabello oscuro como la noche y ojos azabache llenos de luz. Se ve muy preocupado, relee cartas y mira mapas. Cada tanto lleva su mano a su sable y acaricia el pomo pensativo. Echemos un vistazo a su escritorio. Dos cartas. Eso es todo lo que le importa de esos papeles. Una dirigida a él, otra no. Casi como un reflejo, lanza una mirada a un viejo libro y luego de vuelta a las dos cartas. Su rostro se ve algo demacrado. El ambiente que hay dentro del carruaje es igual de tenso que el de afuera.

De la nada, como en un sueño, el cochero logró distinguir con facilidad una luz, no muy lejos. El pobre hombre se sorprendió, no esperaba encontrar nada hasta dentro de medio kilometro más. Su alma se siente reconfortada, apresura más a los caballos ansioso por llegar.

Avanza, con la misma velocidad con que corre el viento en primavera, y llega a la misteriosa luz, que resulta ser una pequeña posada.

En el interior del carruaje el caballero también se sorprende al ver que se detienen. Suspiró. Se sintió relajado. Estaba tan cansado que no notó que había algo raro en el aire del lugar. Entonces escuchó que el cochero tocaba la puerta:

-“disculpe la interrupción teniente coronel, hemos llegado a una posada, si es de vuestro agrado pediré una habitación para usted y mañana seguiremos viaje.”

-“adelante. Lo sigo”- responde el capitán mientras recogé sus cartas y documentos, casi dormido, pero muy despierto a la vez, asegurándose de que nada le falte.

Bajó del vehículo el cansado Teniente Coronel y se encontró con una cálida posada y un aroma a comida caliente que reconfortó su alma. Caminó a paso firme siguiendo el delicioso aroma a potaje y los chasquidos de los leños consumiéndose dentro.

Mientras caminaba notó que alguien lo observaba. Alguien cuya presencia era insignificante, no era necesario para que el cuadro se luciera, ni para que fuera atractivo, pero aun así, ahí estaba. No se trataba de nada mas ni nada menos que un pobre vagabundo, un mendigo, una figura humilde y encapuchada que lo recibió sonriendo desde el suelo. El Teniente Coronel lo saludó con una leve reverencia sin entender del todo a que se debía aquella sonrisa en los labios del hombre.

Esa noche el Teniente Coronel no pudo dormir. Por más de encontrarse en una cómoda cama con su hambre y su sed saciadas, había demasiadas cosas en su cabeza, ideas, planes, y ordenes que cumplir e impartir, con Francia aún muy lejos.

Sin poder concebir el sueño, aún de madrugada, manda despertar al cochero, se viste y organiza sus papeles. Luego desenvaina su sable y lo mira pensativo. No se imaginaba en lo que esa arma se convertiría. Vuelve a envainar, y con sus pertenencias organizadas se dirige al carruaje que lo espera afuera.

El cochero despierto y con energía renovada aguarda ya en el carruaje. Sube el teniente coronel y cuando está a punto de partir, ya con todo preparado, alguien llamó a su puerta. El teniente coronel supuso que era el posadero y temió haber olvidado pagarle, pero al abrir la puerta se encontró frente al mendigo:

-“buen día teniente coronel, -dijo este con un extraño acento- disculpe las molestias que le debo causar antes de salir, pero tengo entendido que se dirige a Francia…”

El teniente coronel se preguntaba como sabia este extraño tanto sobre él, de su cargo hasta su destino, pero prefirió no enterarse.

-“así es. ¿Puedo ayudarlo en algo?”-

-“de hecho quería preguntarle, claro que si no es de mucha molestia, quería saber si me permite acompañarlo, yo también me dirijo a Francia.”-

El Tte. Coronel lo miró dudoso. Algo dentro de él quiere aceptar esta propuesta, pero también siente que hay algo que se lo niega. Era un mendigo muy extraño y después de todo esta era una misión y debería llegar a la frontera con Francia lo antes posible.

El mendigo parecía un buen hombre, rondaba su misma edad, tenía una aire de superioridad y pobreza al mismo tiempo. El teniente coronel notó algo de dolor en su rostro.

-“adelante hombre, venga, suba que ya hemos de partir.-luego agregó mientras el mendigo le agradecía y subía- le ruego que no toque ninguno de mis documentos por favor”.

Así retomaron viaje. El mendigo se quedó callado mirando trabajar al Teniente coronel durante la primera milla. Luego pregunto:
-“¿Qué es eso teniente? Parece importante”-

El teniente coronel vio que el mendigo señalaba en dirección a la carta dirigida a él y la tomó con rapidez escondiéndola en su bolsillo.

-“nada importante compañero, saludos de mi gente”-mintió el teniente coronel.

-“disculpe mi curiosidad pero me refería al libro.”-

El teniente coronel se sorprendió. Miró al libro polvoriento y se limitó a responder:

-“es sólo un viejo libro que solía leer, nada importante”-

-ya veo, creí que era el libro sagrado del pueblo de Dios, perdone mi insolencia y mi error.”-

El teniente Coronel se sorprendió ante esta respuesta porque de hecho si era una Biblia. Se quedó mirando al pobre mendigo. Había algo más en él. Luego volvió a sus mapas y documentos, con la cabeza todavía dándole vueltas.

-“¿se siente bien teniente?”- pregunto preocupado el hombre.

-“si, no pasa nada, estoy perfectamente, debe ser cansancio”-

-“¿va todo bién con la guerra en contra de Francia?”-

El teniente coronel no entendía que quiso decir con esa pregunta. Era una guerra, las cosas nunca estaban del todo bien. “Que extraño es este hombre- pensó- es muy inteligente y astuto, pero ignorante a la vez

“pues, siéndole sincero, Francia no es lo que me preocupa, bueno, de hecho hasta creo que estamos ganando. Mi verdadera preocupación, por decir de esa forma, es el Virreinato del Rio de la Plata”-

-“¿el virreinato? ¿A qué se debe eso?”

-“¡Usted mi amigo debe ser el único español que ignora los hechos sucedidos en el Virreinato!”- exclamó el Teniente Coronel

-“¿Cuáles hechos?”-

-“los referidos a lo que ellos llaman “El Primer Gobierno Patrio”, formado el recientemente pasado 25 de mayo. Es algo revolucionario, se rumorea que que ya se venía pensando hace mucho. Temo por la respuesta que tendrá España ante estos hechos. Aún es un Virreinato sin buen ejército. Creo que los colonos y los criollos buscan la independencia, inagotablemente, una idea muy revolucionaria mi amigo, pero me preocupa cómo van a desencadenar esto, si podrán manejar el fuego de una independencia”-

-“¡que insensato! ¿Acaso ha nacido usted en el virreinato?”-

-“así es, por eso estoy tan interesado. Quiero saber que está sucediendo allí”-

– “¿acaso es el Virreinato su patria”-

-“bueno, tengo la Patria donde nací y di mis primeros pasos, y tengo mi segunda patria, la de mis padres, la de mi vida adulta…mi querida España.

-“por lo tanto no sabe por cual inclinarse, ¿no es así? Si ir a Francia o al Virreinato”-

El teniente coronel se quedó impresionado. No sabía que responder.

-“¿Por qué supone usted eso?”-pregunto por fin

-tengo entendido que usted es un militar, un patriota, alguien dispuesto a dar la vida por la patria, pero al mismo tiempo no sabe cuál es su lugar; si la Patria o España”-

-“¿qué quiere decir?” –

-“es el deber de todos defender la patria desde nuestro lugar y dando todo lo que está en nuestras manos. Es un don, un regalo del padre celestial, y al mismo tiempo una tarea, la tarea de formarla, cuidarla y defenderla. Usted se considera parte de ella, de su Patria del virreinato. El problema es que recibe órdenes de ir a Francia y no sabe si seguir a su superior o a su corazón”-

El teniente coronel se rindió. Intento procesar eso, cada palabra, era un puñal y una flor. ¿Que debía hacer? Llevo su mano al bolsillo, sintió la carta de la Logia masònica. Luego miró  su escritorio. Vio la carta que debía llevar a Francia y con ella su misión. Ignoró todo lo que lo rodeaba por un segundo.

-“¿qué te hace dudar? Tu patria te necesita mas que España, aquí ya te convertiste en lo que deberías ser, allí serás quien debes ser. El virreinato no se librará con sable envainado y plumas quietas. ¿Qué opina General?”-

El teniente coronel se sorprendió ante aquel título de “general”, estuvo a punto de corregirle pero sintió que el hombre lo había dicho apropósito, quien sabe por que. Las palabras de su compañero quedaron flotando en el aire y retumbando en los oídos del teniente.

Entonces el mendigo dijo extendiéndole la mano para despedirse:

-“deténgase por favor, desde aquí puedo seguir a pie  buen amigo”- el Tte. Coronel se sobre saltó al ver las manos heridas y calludas de su compañero. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que debía ser un  excombatiente francés, de ahí su acento y facilidad para reconocer su cargo, que volvía a su patria aprovechándose del pobre Tte. coronel español. Esta idea le hizo gracia. Y le rogó que se quedara con hasta llegar a Francia. El mendigo no ofreció mucha resistencia.

De lo que hablaron en el camino ni el mismo Tte. Coronel lo recuerda. Solo sabe que en algún punto de la conversación se durmió. Soñó con su infancia. Vio a un niño en el virreinato, vio un niño con el sueño de entrar al ejército, vio a un niño con una madre cariñosa, vio a un niño con su patria. Algo le decía que su lugar estaba del otro lado del océano, en el fin del mundo en una tierra con sed de nación que lo llamaba como madre cariñosa a su hijo. Creyó entender que hacer.

Se despertó con un aroma dulce. Al abrir los ojos se encontró que su compañero ya no estaba y que el carruaje estaba parado.

Bajo confundido y se encontró con el cochero que estaba dando de beber a los caballos, no muy lejos se veía una posada.

-“buenos días Teniente Coronel San Martin, ¿Qué sucede? Se ve confundido”-

-“buen día cabo. ¿Ha visto usted al mendigo? ¿Sabe a donde fue?”- preguntó José de San Martin preocupado.

_”vuestro amigo se despertó temprano. Me pidió que me detuviera y despidiéndose siguió camino no sin antes dejar esta nota para usted”-respondió el cochero entregándole un papel manchado con sangre. San Martin lo tomo y leyó ansioso, pero solo decía:

                             “Lucas 24, 13-35, Éxodo 20, 12

                       Tienes toda una guerra para pensar,

                                                                                               J.N”

Un escalofrió recorrió su espalda. Le pidió al cochero que jamás mencionará palabra alguna sobre el mendigo, y este se lo juro. Subió al carruaje, cerró los ojos y pensó “¿esto paso realmente, o a sido solo un sueño” y sintió que alguien, una voz dentro suyo, una muy familiar le respondió “para el caso dime, ¿Cuál es la diferencia?”.

Abrió los ojos y tomo una decisión. Buscó la carta dirigida a él.                                      

El virreinato lo esperaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

A sable envainado y pluma quieta

 

 

                                                                                                                                        

 

 

 

 

                                               Autor:      Adelaida Plantagenet

                                                 Año: 2º año Secundario

 

 

 

 

 

                                                                     

Adelaida Plantagenet es Catalina Pierce, 2ºA