Primer Puesto- Genealogía de la Patria

 

“Genealogía de la Patria”

José Luis Cortez.

 

 

 

 

 

 

 

 

El sol se encontraba entonces bien arriba en el cielo azul. Unas pocas nubes blancas salpicaban el firmamento como explosiones de algodón, mientras una suave brisa en las alturas las dispersaba por el manto celeste. Las bestias de tiro rumiaban el pasto por el que pasaban, que era frondoso, y un grupo contaba historias para pasar el rato. Cristóbal Altamarino en su carreta junto con su esposa Ana; el viejo Juan Fernández de Zárate y el niño de don Méndez en otra. Don Juan había terminado de contar la suya con una voz pastosa y amarga de alguien que ha masticado tabaco varios años. Cristóbal nunca había degustado esa horrible planta, no era que no se la pudiera permitir, sino porque le dejaba los dientes manchados de negro como la misma podredumbre que a uno le carcome la dentadura con la edad. Y don Juan era viejo, por lo que sus dientes no eran ninguna joya.

            No prestaba oído a los que el viejo Fernández de Zárate decía, sino que pensaba en el dominio que lo esperaba más adelante. El de tierra negra y fértil, el de un mar de agua dulce ¡qué disparatado sonaba eso! y de pastizales hasta donde alcanza la vista y ganado de sobra del cual disponer a gusto. Parecía muy lejano para ser verdad. Pero él confiaba en don Juan de Garay.

            Entonces alguien habló:

            −Yo tengo una historia –la voz era suave como la miel, la voz de un cantor experto y melodioso. En eso, Cristóbal se volvió para ver quién era el poseedor de aquel hermoso canto cuando vio a un mulato, petiso pero de musculosos brazos tostados, fruto del trabajo duro al sol abrasador del norte. Llevaba sombrero de paja entretejida (por él mismo diría alguno) e iba a caballo a paso firme a un lado de las carretas y se veía que era entendido con las monturas. Por lo general, todos los mancebos de la tierra lo eran.

            −Cuéntala, hijo –respondió el viejo Juan−, pero antes nos gustaría saber tu nombre.  

            −José Francisco de Guzmán, señor –se presentó el mulato, inclinando la cabeza ligeramente a todos los presentes.

            ­−Yo soy Juan Fernández de Zárate, este joven a mi lado es Juan Méndez, y los de aquella carreta son su merced, don Cristóbal Altamarino, y su mujer,  Ana Méndez.

            −Es un placer conocerlos a todos ustedes, nobles señores. Y señora –cogió la punta de su sombrero con dos dedos y lo inclino ligeramente en dirección a la señora, mirándola respetuosamente−. La historia que hoy les vengo a narrar, con toda humildad y sin ánimos de presumir, es una de las razones por las que estamos hoy aquí. Esta leyenda se remonta cincuenta y cuatro años atrás, en el año 1526 de nuestro Señor, cuando un don Sebastián Gaboto decidió zarpar a la mar, siguiendo los pasos de los céleres Magallanes y Elcano, tratando de llegar a Oriente por Occidente.

            Se aclaró la garganta y comenzó a narrar una historia que nunca habían oído antes:

            −El valiente capitán, a quien Gaboto decían, y que de una aun más valiente tripulación estaba al mando, navegaba por la mar, cuando en necesidad de atracar se vio. A una isla desierta llegaron, ahí abajo de las colonias portuguesas, pero se dieron cuenta de que no estaban solos. Unos indios morochos y pequeños la habitaban. Abá se decían y del reino del grande Rey Blanco y la Sierra de la Plata al capitán le contaron.

            «Un lugar donde el rey se sentaba en un trono de plata y vivía en un castillo de plata, cavado en una sierra de plata maciza, y vestía ropas de la plata más pura. Para su historia confirmar, los indios, finas alhajas le mostraron: collares, pulseras, anillos, coronas y tiaras. Para ir a la Sierra de la Plata, le dijeron, adentrarse en el Mar Dulce y subir por el río grande debía.

«Al año siguiente, el valiente don capitán, por el hambre de gloria y riquezas consumido, por donde le habían dicho los pequeños entró y una fortaleza a la que bautizó con el santísimo nombre de Sancti Spiritu construyó. Si tan solo el nombre le hubiera dado un poco de gracia… El intrépido don capitán tres expediciones envió en busca del Rey Blanco… una sola sobrevivió. Sin dejar rastro, las otras desaparecieron, pues tal, el poder del Rey Blanco, era.

«La expedición que volvió consigo trajo tesoros de gran valor y eso la lengua de los hombres animó, y la voz esparcieron de que el valeroso capitán encontrado había el Reino de Plata con todos sus tesoros. Pronto todos buscaba la escurridiza Sierra hasta que la fiebre de la plata era una enfermedad más común que el resfriado.

«Pero la sierra nunca encontrada fue. No importaba cuantos hombres en su busca salieran, y, con el tiempo, la leyenda del Rey Blanco y la Sierra de la Plata solo eso pasó a ser; una leyenda»

 El mulato guardo silencio, mientras los presentes asimilaban la historia. La había contado con tal ritmo, con tal música escondida entre las palabras, que era hipnotizante escucharlo hablar. Su dulce voz se perdió y unió en el viento fresco que venía del río Paraná, de aguas marrón claro y corriente fuerte como un buey. Se perdió entre los matorrales de verdes hojas; en el horizonte celeste donde asoman las estrellas de la noche fresca e iluminada por la luna sonriente. Se unió al ganado, a la tierra negra y fértil, a los pastos altos y carnosos, a las aguas de un río gigantesco que asomaba a lo lejos, a las profundidades de un mar aun más grande. Esa historia llegó a las montañas lejanas, a las mesetas, a las sierras, a las playas y acantilados. Esa historia era todo y todo era la historia. Solo que ellos no sabían, ya que ellos eran parte de ella y ella parte de ellos.

Esa historia seguiría por siempre y se fundiría con sus hijos, con los hijos de sus hijos, hasta enraizarse en los corazones de todo un pueblo, tan numeroso como las estrellas del cielo austral. Esa historia inspiraría a la batalla a miles de huestes, calentaría los corazones de los duros, ensalzaría los de los valientes y protegería al de los débiles. Inspiraría más historias, más gentes, más pueblos a unirse y pelear. Y le daría un nombre a una tierra vasta y hermosa. Pero ellos no lo sabían…

Y mientras todos meditaban, el mulato desapareció. Cuando trataron de buscarlo entre los hombres de la expedición, estos les respondieron que no conocían a nadie con ese nombre.

Nunca lo volvieron a ver. Pero su historia se quedaría con ellos para siempre.